Mi padre me hablaba con frecuencia de la importancia que tenía el asistir a la escuela y aprender las cosas que me harían un “gran hombre”, aquellas cosas que establecen la diferencia entre las personas.
Era seguro que al salir de casa me miraba con una mezcla de formas que todavía no logro entender y luego me asía con su manota fuerte y dura, aunque tan pronto salíamos yo solía soltarme para colocarme delante de él sin dejar de caminar y hacerle una de mis mil preguntas, esto lo hacía durante todo el trayecto.
En ocasiones, y cuando el camino se accidentaba, decía mi nombre y un ademán indicándome que descansaríamos, tiempo que yo aprovechaba para descargar parte de mi cuestionario infantil.
No puedo definir con claridad el rostro de mi padre, mas sí varios de sus elocuentes gestos y su mirada viajando por un horizonte que parecía haber perdido.
¿Recuerdas lo que te he dicho acerca de la escuela? Me preguntó sin esperar respuesta alguna, _pues pronto iniciarás, ya tienes cinco años, te llevaré donde aprenderás todo lo que no sé.
El día había despertado y aunque el sol brillaba con intensidad, una brisa suave anunciaba la visita de la lluvia. Mi padre con voz grave me ordenó que me alistara para llevarme a la escuela, quise preguntar cosas, mas esta vez no lo hice, las preguntas quedarían dentro de mí, la mayoría nunca tendría una respuesta.
Tan rápido como le agradaba a él quedé listo y salí de casa junto al hombre que amaba y respetaba con todo mi corazón. Esta vez casi no hablamos durante nuestro viaje, con todo esto no dejé de hacer mis apreciaciones de todo lo que veía.
Llegamos a un lugar donde había automóviles, mucha gente y ruidos diferentes. Mi padre me dijo _espérame aquí, señalando una vieja grada ante una puerta cerrada.
Crucé mis manitos sobre mi pecho y me dispuse a esperarlo, mirando mientras se alejaba sin mirar atrás. Caminó con paso rápido hasta que fue empequeñeciendo ante mis ojos hasta llegar a mi estatura, luego desapareció entre la gente.
Cuidé celosamente de mi ropa bonita pues no quería que mi papá se disgustara al regresar. No sé cuánto tiempo estuve allí, sólo recuerdo a aquella mujer preguntándome varias cosas, y el gigantesco miedo que me oprimía con tanta saña sin darse cuenta que yo era muy pequeñito, y que eso no se vale.
Desde esa tarde, todos los días me detengo en cualquier momento; al iniciar o al terminar algo, al salir o al entrar, al dormir y al despertar. Me detengo al ver a un hombre caminar de espaldas a mí, me detengo al entrar a cualquier ciudad, miro al horizonte que yo también perdí y mientras mis manos se frotan una con la otra digo con voz queda y apacible: te estoy esperando, papá.
